Nota: texto feito durante minha estadia no México. Não reparem em erros ortográficos espanhóis. Eu tava aprendendo, gente. 😉

Hacía dos años que yo estaba trabajando en el periódico. Como era el comienzo de mi vida profesional, no podía elegir el horario de trabajo o salir de vacaciones en fechas importantes como navidad o año nuevo.

Así, mis colegas de trabajo eran como mi segunda familia. Yo no convivía siempre con las mismas personas, porque en nuestro trabajo debemos salir mucho, para hablar con personas en diferentes lugares y horarios.

Había solamente una persona que yo encontraba todos los días, sin excepción. A veces yo llegaba después de las tres de la mañana solamente para entregar un artículo a mi jefe. A veces llevaba mis pijamas abajo de la ropa formal porque estaba durmiendo cuando me avisaban que debería ir al periódico por motivos como la muerte de alguien importante o algún accidente grave que yo tenía que cubrir.

A veces yo estaba enojada, cansada o tenía mucho sueño y ella podía sentir que necesitaba un café, unas galletas o solamente un abrazo y una sonrisa.

María tenía más de 60 años, nació en Bahia – estado de Brasil conocido por su alegría y bellas playas – y heredó el buen humor de su pueblo, pero, desafortunadamente, fue a la ciudad de São Paulo cuando era muy niña y todavía no había tenido la oportunidad de poner los piés en la arena.

Yo siempre pensaba en deseos y sueños como algo que no podría alcanzar. Soñaba en pisar en la luna, casarme con Brad Pitt, vivir en un castillo o ganar mucho dinero durmiendo. Creo que estuve atormentada por días cuando supe que el gran sueño de María no era viajar por el mundo, comer sin engordar o vivir para siempre. María soñaba conocer el mar.

Hacía 20 años que ella trabajaba limpiando el piso del periódico. Hacía dos años que María me alegraba con su buen café y gentileza.

La playa estaba muy cerca de nuestra ciudad, no más que dos horas en coche. “El sueño más sencillo de realizar”, dijo mi amigo y también periodista, Caetano.

No tuvimos duda, el próximo miércoles, a las seis de la mañana, María y yo esperábamos Caetano en frente del periódico para irnos a la playa.

El camino fue muy divertido con María contando sus historias de cuando era niña. Cantamos, nos reímos y estuvimos muy contentos por todo el tiempo.

Pero todo cambió cuando empezamos a ver el mar por las ventanas. Ella estaba inquieta, nerviosa y parecía que tenía mucho miedo. Cerró sus ojos y dijo que no quería ver hasta que hubiéramos llegado.

Caetano y yo estábamos confundidos y un poco preocupados. No sabíamos lo que pasaba con María. Seguimos el camino y al estacionar el coche al borde de la playa, la señora salió como una niña, corriendo más rápido que sus piernas podrían aguantar.

De sus ojos escurría tanto agua como lo que había en el mar. No le importaba la bolsa o la ropa mojada. No le importaba las personas que la miraban sin entender.

Era una niña de 60 años que jugaba con el juguete más lindo que pudiera tener. Yo no podía moverme, la imagen de María brincando las olas era demasiada emoción para una simple mañana de miércoles.

Era más impresionante que el azul brillante que llevaba el cielo.

Estuve parada por muchos minutos cerca del coche, mirando a María. Creo que vi algunas lágrimas en los ojos de Caetano, pero él dice (hasta hoy) que sus ojos son muy sensibles a la sal y a la humedad del mar.

No me gusta la arena, pero en ese día me encantó construir castillos con María.

En la tarde, íbamos a regresar para empezar a trabajar a las siete de la noche, pero María nos dijo “ahora ya puedo morir”, nos abrazó y nos dio las gracias.

No pudimos salir de allá. Decidimos inventar una enfermedad y nos quedamos en la playa para comer mariscos frescos. El jueves fuimos a trabajar sanos, contentos y más morenos.

El jefe no nos dijo nada, solamente sonrió y asentó la cabeza, contento por recibir galletas y café de María, que no pudo quitar la gran sonrisa de la cara por todo el día.

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